dijous, 8 de gener de 2009

5) medir la felicidad. actualidad en la prensa

felicidómetro
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Los norteamericanos han inventado un aparato inmaterial: el felicidómetro. Debido a sus peculiaridades incorpóreas, nos es imposible indicarles un establecimiento donde adquirirlo en estas fechas tan indicadas. Pero podemos casi asegurarles que existe. De otro modo, no habrían sido capaces de tomar medidas a la felicidad colectiva con tanta precisión. Una investigación extraída del estudio Framingham, que ha seguido las vidas de miles de habitantes de dicha localidad durante décadas, ha cuantificado la transmisión de la felicidad. Y ha concluido que es felizmente contagiosa. Como un virus maravilloso que se propaga a través de las redes sociales, actuando de una forma muy extraña. Porque según el estudio, estimado incluso por un premio Nobel, la mera cercanía física de personas felices proporciona felicidad. Los amigos felices de un amigo feliz son una importante fuente de felicidad, incluso sin conocerlos. Misterioso. Porque en el mapa de las cifras de la investigación, cuando las matemáticas cobran su rostro más fabuloso, resulta que la felicidad de un hermano proporciona un 14% de felicidad, y la de un vecino un 34%. Lo que indica que cuanto menos íntimo es el vínculo con el conocido feliz, mayor es la repercusión. ¿Por qué?
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Podríamos pensar en ello. Asimismo, la transmisión feliz es mayor entre personas del mismo sexo, y con esto explican la baja capacidad del contagio del optimismo a través de la pareja, un penoso 8%, ya que por alguna razón desconocida, el estudio se realizó sólo entre las parejas heterosexuales. Nos quedamos con las ganas de saber si la capacidad de contagiarse alegría de una pareja homosexual entre sí es mayor, como todo parece indicar. Por suerte, la investigación asegura que la infelicidad se contagia un 1% menos que la felicidad, lo que significaría que todos tenemos un interesante punto de optimismo propio. Una cierta autonomía emocional. Pero lo más raro de todo es el asunto de las distancias. Parece que si el supuesto amigo feliz vive a más de un kilómetro, el contagio gustoso pierde su efecto. Por mucho que lo quieras o lo llames por teléfono. de lo que se deduce que la felicidad se contagia mejor a corta distancia, como si se tratara en efecto de un extraño virus, una onda, algún ente que se mueve por el aire. Como si la felicidad tuviera vida propia, o alitas.
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[Clara Sanchis Mira, LA VANGUARDIA, 12 de diciembre de 2008]